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El Ferrocarril de La Robla

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El ferrocarril León - Bilbao, simplemente "ROBLA" en pura terminología ferroviaria, discurre por las estribaciones de la cordillera cantábrica en un largo periplo de más de trescientos kilómetros, buena parte del mismo a través de las zonas más aisladas de las provincias de León, Palencia, Santander y Burgos. Hasta prácticamente hoy mismo ha servido como único medio de comunicación de muchos pueblos de estas comarcas, sobre todo en período invernal cuando las enormes nevadas del páramo bloqueaban las carreteras. A partir del hundimiento del tráfico hullero que le dio origen, a finales de los sesenta poco bueno se podía presagiar para el futuro del ferrocarril, aparentemente condenado a la misma suerte que muchas de las líneas de vía estrecha peninsulares, cerradas en un injusto olvido. Sin embargo ya por aquellos años Robla aun demostraba una vitalidad fuera de lo común, una resistencia a la desaparición paralela a su fuerte carisma. Este ferrocarril no era, para la amplia zona que servía, un mero medio de comunicación; para sus habitantes, Robla representaba un verdadero hito, un símbolo de su propia supervivencia. Hasta finales de los setenta Robla mantuvo una fuerte personalidad ferroviaria en sus métodos de explotación. Hacia las siete y media de la mañana la composición de coches de Robla, que ya estaba formada desde el día anterior, salía del depósito de La Casilla hacia la estación de Bilbao Concordia. Llegado a ésta, y tras la partida del tranvía de Valmaseda la locomotora, generalmente una Creusot diesel-eléctrica maniobraba para colocarse en cabeza. El tren, estaba formado por unidades de diversos orígenes: franceses St Denis, ingleses Bristol, algún Tajuña Carde de balconcillo, algún Secundarios. Todos ellos tras el furgón de equipajes. A las 8´15 comenzaba la larga ruta de Robla.
La llegada a Valmaseda, centro neurálgico de la línea, suponía cambio de locomotora, vieja herencia de la época de Compañía privada y exigida por los turnos del personal de tracción. Poco después de Valmaseda comenzaba la larga subida a El Cabrio, escenario de épicas escenas en tiempos del vapor y donde el tren se perdía en un penoso ascenso por el Valle de Mena, acceso a la meseta entre imponente murallones de roca. En Mataporquera se mantuvo muchos años una breve parada de fonda para comer en la cantina de la estación, siempre que no existiera retraso en el cruce con la rama contraria. La llegada a León, tras atravesar los antes fértiles cotos hulleros de Palencia y León, se producía pasadas las 19 horas, tras casi once horas de viaje (si no existía retraso). Viajar por la línea suponía, y aún supone, una experiencia inigualable por uno de los ferrocarriles más apasionantes entre los que han existido en toda Europa.
El parque motor de Robla ha sido uno de los más interesantes, si no el que más, entre los de vía estrecha españoles, con locomotoras de vapor de tipos, constructores y orígenes variadísimos. El material remolcado, tan abundante como diverso, estaba acorde con el carácter de tren hullero. Multitud de vagones carboneros de diversos tipos, interesantes unidades de mercancías generales (incluidas novísimas cisternas cementeras) y un parque de viajeros realmente singular por su variedad tipológica.
Si destacadísimo resultaba el material móvil, no menos era el trazado, que aunque no poseía muchas obras de fábrica destacadas, supuso un hito en la vía estrecha nacional por su longitud y perfil, desde el mar en Vizcaya hasta las alturas de la meseta castellano leonesa, en un recorrido de belleza solitaria como pocos.
No merecía este ferrocarril, sin duda uno de los más importantes de España, el olvido al que había sido condenado. Resucitado milagrosamente, esperamos que los años venideros sean benévolos con esta línea y permanezca viva como un importantísimo elemento de nuestro patrimonio cultural. Así sea.
Javier Fernández López (Extracto actualizado de "ROBLA: EL FERROCARRIL QUE SE RESISTE A MORIR." 25 de mayo de 1994)

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